DE MIS DELIRIOS.
De mi inconsciente brota, ajeno entre tus brazos,
recuerdos de algún tiempo de mórbida pasión,
y veo que me transporta en alas de Pegaso,
a un mundo irrealizable. ¡Ah cándida abstracción!
Yo embriago mi presente en un instante así
y derramar quisiera en todas las mujeres
aquella lava ardiente, efluvios de quereres
que yo llevo por dentro, por ti, sólo por ti.
por Dios que sería hermoso hacer que perdurara
un sueño tan divino, ¡tan lleno de emoción!
pero…¿es mi delirio intenso acaso realizable?
¿No ves que los delirios se pierden en la nada?
¡Ansío vehementemente que al menos mi canción
perdure en tu ventana atada a cada tarde!
Apóstol subversivo, defendiendo al dios de la esperanza.
Apóstol o Comandante, como quiera que cada poema, es un escuadrón de soldados atrincherados en su obra, su pertrecho, tropos del corazón, que lleva como escudo en su pecho abierto, donde yacen los caídos, los que sufren el rigor de la guerra absurda de una patria que cada día renace en sus entrañas.
Lloran sus poemas, que se levantan en protesta, con bandera que se inflama en las mentes de furtivos lectores, aquellos que sufren el quebranto de la guerra, como también a quienes nunca la han padecido, porque sus imágenes evocan realidades llenas de tristezas en comparsas, que la tenue luz de las espermas van quemando manos de inocentes, y sin embargo logra proyectar siluetas de ilusión y de paciencia.
El autor, de “El estruendo no silencia la palabra” nos lleva en alfombra persa, para que desde ese aire finito de la humanidad, percibamos que, por absurda y estúpida que sea la guerra, el hombre la ha percibido como el único camino para llegar a la paz, pareciera que se hartara de la armonía, de la tranquilidad y nos muestra tácitamente que, para el amor, no hay tiempo, el escritor, de adrede o no, se lo deja a otro género de su tierra, a la música que canta con juglares a la mujer y a sus paisajes.
Siempre al poeta, Álvaro Maestre García, el estruendo… lo atormenta y como aquella madre preñada, que a sabiendas del dolor de parir su hijo, da a luz en grito de pujo y de sonrisa, mientras al autor, lanza su palabra como alarma sublime de su alma, quien la reconoce, como adjetivo de vate, que califica los actos de un mundo real o imaginario.
Quiero expresarle al maestro, gratitud, por darnos la oportunidad de conocerlo desde su adentro, convertido en fuente primaria y natural, de donde lanza chorros de “aguaviva” que en verdad, son sus versos. A pesar de ser una obra pensada en el drama del dolor, logra hacer ambiente lúdico en el pensamiento y sentimiento del lector. Las lágrimas, es posible que se transformen “agridulces” en la medida de su contexto costumbrista y con términos tan regionales que va sacando sin temores de aquel sombrero mágico, su pensamiento, sin saber cómo, se transforma en lenguaje universal, logra que fácilmente lo acojamos como si fueran familiares, dando la sensación de que crecimos con él, en la misma cuadra, se vuelve íntimo con el lector, tanto con el analítico examinador como con cualquier desprevenido lector gozón de primavera.
Y, todo, me atrevo a decir, que es debido tal vez, al poder que adquiere su grácil decir, tiene la facultad el escritor, de en forma paralela y en simultaneidad, sacarnos lágrimas colgada a una intrusa carcajada a pesar del delicado tema escogido para su bella obra. Logra este poemario, ser una voz fulgurante, invita a recomponer el alma, porque nuestros sentimientos se mueren ahogados en peligrosa represa de indiferencia.
Al viajar por el relieve de sus letras, siento el compromiso de unirme a su grito,
EL ESTRUENDO NO SILENCIA LA PALABRA.

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