sábado, 29 de mayo de 2021
EL CERCANO FIN
sábado, 24 de abril de 2021
Dos Poemas de la realidad
A LA PARIDAD.
Mi Homenaje a las mujeres
Mi Homenaje a las mujeres del mundo en honor a Las Madres Campesinas colombianas.
Las verracas mujeres de mi tierra, esas heroínas eternas; esas damas con temple de acero, que llorarán por una novela pero nunca por exigir sus derechos, que antes lo hacen afinando el temple, en voz alta y sin quebrarla jamás; esas mujeres que acumulan en sus vísceras toda la paciencia y les sobra espacio; esas hermosas señoras que alzan la voz en forma unánime cuando por reclamar sus derechos se da el caso y no emiten jamás una nota en falso así sea delante del cadáver de sus hijos; esas damas de cayenas o trinitarias en el pelo, ya sea para la fiesta o el velorio, que no lucen sus flores por jolgorios sino por la costumbre del aroma; esas esbeltas figuras femeninas tan dulces y delicadas en el trato, que arrancarían de las fauces del león a su hijo si fuera necesario; esas mujeres sin estudios, en muchos casos, que resuelven con mayor desenvolturas que el galeno la cruel constipación que aqueja al niño; esas astrónomas naturales, que cazan el cuarto menguante para la siembra y la luna nueva para la administración del quenopodio; esas geómetras ignotas que dividen en cuatro partes iguales la única arepa disponible o hacen un buñuelo tan esférico que soportaría la prueba del compás; esas nobles mujeres de mi tierra campesina, que aman al consorte como a un dios y le son fieles hasta el exceso; esas mujeres que han tenido que enterrar a sus maridos y seguir con la carga de los hijos (que eso lo de carga les ofende), y los sacan adelante con un tesón que es sorprendente, para perderlo a veces como víctimas del secuestro, o reclutados por los violentos o el gobierno; esas madres que si tienen que explicarle a sus niños que son los meridianos, no se rebuscan, y les cuentan a sus hijos que son las líneas que no existen, pero que aparecen en el mapamundi, marcados de la misma manera que se parte la patilla, en tajadas, y que los paralelos son otras líneas que tampoco existen, pero que las pintan en los mapas de la misma manera que se pica la piña en rodajas.
Para esas madres campesinas, tan hermosas como abnegadas, van estas líneas:
A MIS MADRES COLOMBIANAS CAMPESINAS
Encajados los hijos a falta del coche prohibitivo,
la humilde campesina colombiana
desarrolla su vida cotidiana.
No había bienestarina en aquel tiempo
y la fécula trifilásica suplía
la carencia alimentaria sempiterna;
y crecimos sin ansias ni desganos,
con dril y franela amansalocos
los hijos de esta madres de perrenque,
que amaban como un dios a sus maridos
y hablaban de almácigo y cosecha.
Por estas madres divinas de mi tierra,
sin clubes, sin modas, sin desriz,
con aroma de cilantro y hierbabuena,
me alegra escribir a su memoria.
Sin estudios algunas (casi todas),
no requieren de profunda Astronomía,
si no de la menguante por la siembra,
y por la purga de los hijos, luna nueva;
dividen una arepa en cuatro partes
(sin cociente, sin residuo, sin medida)
que soporta la pesa miligrámica;
dominan los aros del rosquete
y la circunferencia de la arepa y del buñuelo
que aguantan los rigores del compás;
no saben de inflaciones, pero inflan
la arepuela tan delgada, que hay que verla
para dimensionar el milagro de ese logro;
no saben de glamour, ni les importa,
pero van por esos campos cada tarde,
con sus ropas limpias y heliotropos
que huelen a prudencia y a decencia;
si un hijo se constipa y no obedece,
al sen o al quenopodio, se preocupa
y acude a la “comae” y en junta médica
deciden la efectiva lavativa;
la cuchara del postre o de la sopa,
los tenedores diversos y los cuchillos,
lo resumen a cuchara de totumo
en una sencillez que me enamora;
las copas de Bohemia o Baccarat
para el vino del color de la ocasión,
y la de los cocteles tan diversos,
lo reduce a la comba de la mano;
no conoce de cifras decimales
pero ajusta su menguado presupuesto
haciendo con los avos del centavo
un milagro local de economía;
no hablan en lenguaje refinado
ni en voces neologísticas y fartas
porque suelen llamar pan a lo que es pan;
y son tan castas, tan lógicas, tan serias,
tan madres, tan esposas tan divinas
que ya han ganado el cielo aquí en la tierra
mis madres colombianas campesinas.
Fragmento de la novela inédita "La Huida Definitiva"
NO DEBÍ HABER VENIDO
NO DEBÍ HABER VENIDO.
Un solo toque en la puerta. Seco. Casi hueco, como suele sonar el cencerro de madera. Yo te esperaba y cuando abrí, tu mano alzada me hizo recordar al Chavo, pero confieso que no me golpeaste a la cara. ¡Una aparición!
Te vi inicialmente serena y tranquila. Entraste. ¡No debí haber venido fue lo primero que dijiste. Yo no dije nada. Te observaba. Eran las dos de la tarde. Afuera el Sol brillaba como recién recargado y dentro los 17 grados que marcaba el control, daban la sensación de 22 grados. La cortina no alcanzaba a cubrir del todo a la ventana y sin estar la luz encendida, la claridad era total, de tal manera que el brillo de tus ojos era fácilmente detectable. Los empequeñeciste al saludar porque al reírte, tus ojos se cierran un poco. Tu pelo, con abundantes rayos pintados aunque a tu edad parecen naturales, corto y con gomina, reflejaba un brillo que te hacía lucir fresca y recién bañada.
Cerré la puerta. ¡Que linda eres!, dije al fin y volviste a sonreír al tiempo que aseverabas: No debí haber venido!
No imaginas cuanto agradezco tu visita. No temas!. Cuando reíste de nuevo, observé como la parte alta de tu nariz se frunce un poco con tu risa y tus labios toman una forma del logo de infinito, pero pintados de rojos y carnosos. Te quedaste seria de repente y una mirada como quien quiere mirar el alma clavaste en mis ojos. Me puse serio igualmente y en silencio.
Avanzamos algún centímetro a pesar de estar frente a frente y cerraste los ojos como si no quisieras ser testigo de lo que pasaría enseguida. Toqué tus labios y poniendo tu mano sobre mi nuca, soportaste el beso que tan delicadamente te di. ¡No debí haber venido repetiste! No temas volví a decir. Sentí que me apretaste un poco y te devolví el abrazo con mayor intensidad.
Tu nerviosismo era evidente. Alguna mueca en tus labios lo hacía visible. Sacudías las manos que tenías libre, como suelen hacer las mujeres que tienen afán y las uñas recién pintadas para ayudar al secado. No te pongas nerviosa por favor. Estate tranquila, te dije. ¡No está bien lo que hago! -No haces nada. Visitas a un amigo que te ha prometido obsequiarte su libro. Ya somos amigos hace tiempo. Es cierto que es la primera vez que nos vemos, pero muchas veces ya habíamos hablado. ¡Quédate tranquila y no tengas miedo-.
Eres tan bonita como apareces en tus fotos…! Gracias!-dijo- Tú te ves algo mayor que en la foto de tu muro, pero no mucho, dijo comprendiendo que había cometido una indelicadeza como si quisiera remediarlo . ¡Vainas de mi hijo que la ha maquillado! Le dije.
Sentémonos me dijo. Debe ser en la cama, no tengo sillas dije. Se sentó. Yo permanecí de pie observándola esta vez de arriba abajo. ¡Es bella desde todos los ángulos, pensé y no dije nada para que no se sintiera más nerviosa. Tome sus manos y me apretó un poco. Sus manos estaban frías. La solté y de nuevo le dije que se estuviera tranquila. Voy a dedicarte el libro le dije para tranquilizarla.
Usé la misma dedicatoria acostumbrada y solo cambié el sujeto de la dedicatoria. Cuando me senté a escribirla, ella se puso de pie. Estás muy tensa le dije. No está bien que estemos juntos en la misma cama. No hacemos nada mujer le dije.
Cuando escribía, alcé los ojos y vi como observaba el dedo gordo de mi mano, deforme de lo realmente gordo y apartó la vista de mi mano como apenada. Hice broma con mi dedo deforme y le mostré el de la otra mano igualmente feo. Se rio. Tienes bonita letra, dijo como para enderezar el entuerto. ¡Pero dedos muy feos!, le dije.
Defenderé la palabra, te lo prometo, dijo después de leer la dedicatoria. Sus ojos reflejaban un hilillo de luz que entraba por la ventana y parecían de gato. Seguí el movimiento de sus ojos mientras leía y me maravillaba de ver como su cara se transformaba en la medida que leía y sus labios en ocasiones se despegaba del centro y ya no parecían el símbolo de infinito, sino una obra de arte que atraía.
Debo irme.
¿Tan pronto?...
! No debí haber venido!...
¿Qué te ha pasado?
Me gustó conocerte, es verdad, pero soy una mujer casada y no está bien que me encuentre en esta habitación solo contigo…
¿Quieres que abra la puerta?
¡No!...No quiero que me vean acá.
Hace solo ocho minutos has venido y nada te ha pasado.
En verdad se notaba nerviosa. Toqué sus manos y me apretó un poco la mano, me dio un beso, avanzó hasta la puerta.
¡No salgas aun! Cuando verifique que no había nadie en el pasillo, se marchó.
Llegaste un jueves. El resto de la tarde me quedé solo en la pieza recordándote. El viernes te llamé y no respondiste. ¡Solo llamé 12 veces!. No me gusta mucho el número que sigue. ¿Estará enojada? Me preguntaba. El sábado pasarías todo el día en la universidad, pues dictabas clases. A La una de la tarde ya había terminado el evento al que asistí. Te llamé varias veces. Era domingo. Debía regresarme. Te había preguntado donde tomar el bus de regreso y me habías indicado el lugar cuando por fin respondiste una llamada. Me fui a donde me indicaste y ¡Sorpresa!. Estabas allí, con un pantalón de flores, creo, o a rayas, no sé. Es lo de menos. Tenías una blusa
tejida y holgada que mostraban unas cuantas pecas que no había visto hasta entonces y unas sandalias planas.
¡Pensé que no te vería antes de irme!.
Estoy apenada contigo.-No te preocupes amiga. Te invité a ir al hotel porque no conocía tu ciudad.
¡No debí haber ido!.
De haber sabido que te vería acá te habría regalado el libro sin que hubieras ido al hotel. Lo siento, le dije
¿Estás arrepentido?
Preocupado por ti!
¡Me voy contigo!...La mente humana es mucho más veloz que la luz. Se arman de inmediato estados de felicidad que nos complacen de la manera que nos hemos planteado alguna vez en la fantasía, pero le damos credibilidad. No había cerrado la boca y ya estaba en Valledupar con ella. Ya me había preguntado si de alguna manera se había enamorado de mi de tal manera que dejaría a su familia y a sus hijos para irse conmigo a Valledupar y empezar de nuevo, si dejaría sus clases en la universidad y su empleo para seguirme, si dejaría la maestría que adelantaba y tantos proyectos solo para seguirme. Me inflaba yo de emoción como un grano de maíz pira y estallaba de alegría porque una mujer tan bella dejara todo por seguirme.
¡Hasta Sincelejo dijo! Recobré la calma. Me acordé de Einstein y no me inventé la fórmula de la relatividad del pensamiento porque la frase “hasta Sincelejo” me hizo aterrizar.
¡Me gustó mucho El Triunfo de la Palabra.
Gracias le dije.
En silencio agradecí que la voz no tiene la velocidad de la mente y no se enteró de nada de lo que había pensado. ¿Hay pena interna?...Creo que sí.
Todo el viaje hasta Sincelejo lo hice observándola y alabando en silencio su belleza e internamente apenado por la velocidad de mi pensamiento que nunca sabrá.
¿Estás enojado?-me dijo-
No lo estoy.
Tu silencio dice lo contrario. Me ves y nada me dices.
Veo el paisaje. Me gusta la geografía de los Montes de María, esa suavidad del paisaje, esa sinuosidad cubierta de verde me gusta mucho. El paisaje en el Cesar y la Guajira es diferente. Son cerros altos que empiezan desde lo plano…De verdad, me sentía apenado conmigo mismo por haber imaginado eso. Trataba de buscar una excusa para que no supiera que me gustaba mucho y que si la miraba y alababa su belleza. Veo grandes cultivos de teca por esta región. La teca es una madera excelente y su aceite sirve para lustrar muebles dándole vida y suavidad, le dije para seguir buscando una justificación. Pasaba un rato y me pillaba mirándola y dejaba entonces que mis ojos se fueran fijos en un objeto, una casa, un árbol, una vaca, que me permitiera perder el foco y tratar de engañarla de nuevo. Sonreía y con ese sexto sentido, me seguía la corriente. ¡Somos patéticos a veces! Ya no trataba de pillarme, pero me miraba con el rabillo del ojo y simplemente sonreía, Casi le agradecía que hiciera eso.
Sale un bus a las 8 de la mañana para Valledupar, me dijo antes de arribar a la terminal. Este carro nos deja en allí.
¿Quieres que me marche enseguida? Debo irme a la universidad. Mi maestría no da espera me dijo.
Te agradezco la confianza por ir a verme.
¡No debí haber ido!
¿Siempre te arrepientes de lo que haces?
Quería tener tu libro.
¿Te sentiste acosada?
No…Pero ahora siento que no debió pasar. Sabes que tengo un esposo.
Si…Siento envidia de la buena por él. Sonrió de nuevo
¿Por qué correspondiste a mi beso? –No lo sé- No debió pasar eso.
¿Te molestas si te digo que me gustó mucho?
¡No hablemos de eso por favor! -¿Te vas enseguida?-
Si me dejas solo acá sí.
Te repito que tengo que irme a clases.
¿Te volveré a ver?
Es posible.
Lo propiciamos?
…ya vamos a llegar
¿Propiciamos otro encuentro?
¡Ese es la terminal!
Me gustaría verte en otra ocasión
Es posible…
Cuando llegamos, me dio otro beso y se marchó. Me descuadra la vida esta mujer, pensé. ¿No tienes tiempo ni para un café? Grité queriendo hacerle cambiar el rumbo con el propósito de que se quedara un poco más.
Alzó la mano y como un péndulo invertido la meneó dos veces sin voltear y desapareció. Era su mano derecha. Observé que no tenía su anillo de matrimonio y la instantaneidad del pensamiento empezó a tejer una nueva historia, tratando de explicarme porque no portaba su aro de matrimonio, si de alguna manera no se llevaba bien con su esposo que lo ocultaba, si me habría mentido y en verdad no era casada y otras muchas cosas cuando recordé que el anillo de matrimonio va en la mano izquierda.
De regreso pude deducir que hay bellezas que lo afectan a uno, que lastiman, que hieren.
Apenas hube llegado a Valledupar empecé a escribir acerca de nuestro encuentro. He ido poniendo trozos de esto que he escrito con él ánimo de que ella de al menos un “Me gusta” y confieso que no he recibido ni uno siquiera. No responde a los innumerables mensajes que le he escrito y nunca más he recibido esa muñequita roja con un corazón en la mano que usualmente me mandaba y que le gustaba que la comparara con ella. No he podido acceder a su muro . Seguramente si has leído y te has molestado. Lo escribí para exculparte solamente.
¡Quiero que sepas que te recuerdo con mucha alegría si de alguna manera te enteras de esto que he escrito para ti amiga!
Ahora soy yo quien piensa que cuando dijiste: “No debí haber venido”, tenías razón. Yo tampoco debí haber ido a tu pueblo.













